I
Claudia
De Patricia Damiano
Me dispuso arabesco en el césped
bajo un arco de ladrillos rojos
al sur
Esculpió con aire mi cabello como si de espinas como si de ella
Ajustó dos margaritas sobre los ojos
y disparó
Conservo el icono y el destello
sin volver a casa
la tiniebla
II
De Julieta Lerman
La luna está tan lejos y nosotros
pobres mortales entre piedras cabizbajos
siempre tenemos frío.
No se puede confiar en las palabras se dan vuelta
como los barquitos de juguete en la fuente de la plaza
quedan flotando panza arriba como atónitos
en un día radiante
el agua los mueve apenas
aunque no están amarrados
a ningún lugar
Del libro “París intramuros”, el Suri Porfiado ediciones, 2008
III
Canal mayor
De Germán Arens
Hay un lugar,
detrás de la barraca
al que memorando
un instante
retorno.
insistente.
Lugar
en el que a hondazos
pescábamos
las carpas,
lugar
casi naranja
canal mayor.
Lugar
en que de niño
casi llegué a la muerte,
muerte
casi naranja
así
como
el canal.
IV
De Julia Magistratti
Hay tres tumbas en el cementerio de mi pueblo
y se le van a marchitar las flores.
Sin raíces ocupo los floreros de bronce,
me ardo en sol de losa
y veo
a los que están entrando y saliendo,
como hongos del planeta,
muertos que llueven muertos
y es gástrica la tierra,
gasta leche, frutas, piedras
de naturaleza aérea.
El olor que sale de mí
son todos los perfumes
retirándose del mundo.
Lo que va a vivir
hay que arrojárselo primero
a los muertos.
Del libro Ea, ediciones El mono armado, 2008
V
Parque Centenario
De Romina Freschi
Las personas se asustan de su propio poder.
La pregunta, qué hacer
qué interés servir
cómo seguir viviendo
luego de una invención
sin problemas
a la espera
al paso del tiempo
las palomas son pintitas
y los patos giran en un disco de agua.
Quienes están conmigo en ese disco de agua
todos somos huérfanos
hemos perdido esa parte del pasado
cuando el mundo era finito
y su senda un posta
de otros.
Este planeta
pacífico augurio parece
jardín
la crueldad solamente
una reminiscencia
sueño malvado lejano
de perderlos.
VI
De Diana Bellessi
He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos
dejarse ir para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.
Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.
Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.
Del libro El jardín. Bajo la luna nueva. 1992, Rosario, Argentina.
VII
Casa
De Juan Secaira
Frío en la noche capital
el calor se desliza por la nuca de elefante
en esa casa de pianos jolgorios.
Aquí hay tres voces pequeñas pero potentes
corretean
ordenan el mundo
rascan la dicha
desde su imposibilidad.
Tres niños: el universo les cabe en las manos sin esfuerzo.
También, dos gatitos recién estrenados
cuarenta y cinco pañales
ocho biberones
ropa para un ejército
botiquín de emergencia
una botella de vino sin descorchar.
Cuadros, sillones, tablas que crujen
polvo que habla mientras se incrusta en las orejas
en las bocas sin dientes, en las caminatas de cuatro pies
en los aullidos de enojo o de satisfacción
el ying y el yan en un suspiro de acordeón.
Risas y llantos, melodías acompasadas e interminables.
Frío, calor con cinco segundos de distancia
manos diminutas, miradas felinas
corazones musicales a medio hacer.
En la orilla, yo. Sentado en la última grada de la escalera
con la boca atormentada
y las manos vacías.
2009, Quito, Ecuador.
VIII
De Enio Escauriza
Bastó mudarnos para darle precio a todo, por tres monedas nuestra primera silla fue a buscarse la vida, lámpara por lámpara toda la penumbra se posó, los libros que siempre cerramos ahora abiertos, violados, las tazas vacías como buitres dando vueltas y revisando cómo se toma el vacío; quizás esto siempre fue viajar, hacerse y deshacerse, quince cajas, otro metro, otro país.
De “Poemas para dos metros”. 2009, Caracas, Venezuela.
IX
Troj
De Gabriel Roel
"Peces de cima", Héctor Viel Temperley
-Crawl, 1982-
Peces en el mar
que ensalma.
Silencio y blanca
esfera
desparramando
perlas
arena
y ánimo.
El agua
en las escamas
de afuera
sobre cubierta.
El arrojo
en cadenas
nada cifra
sólo explanada,
cosas
del semestre sin puerto.
Pescados de sombra
ser la pócima de sed
la noche remota
que abrasa apenas agitada
las pateras.
La oscuridad sin sorbo.
2009, Argentina.
X
De Roberto Raschella
Nuevamente nacemos.
Es horrible saber,
bajo este cielo
ceniza de malvas,
de aves adivinadas,
de infinita cólera,
sin la alegría
que no reconoce,
en todo lugar,
un sagrario.
Todavía niño,
poco he dado de mí.
Y hay otra espantosa luz de silencio.
Del libro Poemas del exterminio, Libros de tierra firme, 1988, Buenos Aires, Argentina.
XI
Ánima
De Hamilton Faria
A minha alma
é uma mulher
que sonha
Mínimo
Imenso universo
da minha vida pequena
Eu sou apenas
De su libro Haikuazes, editorial Escrituras, 2006, San Pablo, Brasil.
XII
En ninguna parte
De Paulina Vinderman
Es una extranjera en su ciudad.
La delatan su furia, su pasión por narrar,
el uso de las palabras que atesora como talismanes
bajo la lengua quieta:
zapote, encarnadura, cielo mayor,
tiene miedo de olvidar
Las luces se hunden en su insomnio
como piedras contra la argamasa de lo imaginario.
el mundo se interrumpe en cada carta que
espera
y sólo canta en sueños, los puños apretados,
quién sabe qué canción que huele a flores
o a la sordidez de algún bar, donde alguien le cuenta
su vida,
el hocico húmedo contra su oreja paciente.
Ella teme olvidar pero el gran olvido la espera
junto al río.
“Perderme en un bosque, morir por amor,
no diluirme como la témpera en el vaso, no ser
Diego de Zama en la ribera”.
Regresa por calles bajas, temerosas,
se cruza con un afilador en bicicleta.
“Malecón”, murmura.
Definitivamente, está perdida.
De su libro “El vino del atardecer”, El Suri porfiado, 2008, Buenos Aires, Argentina.
XIII
De Carmen Váscones
Soy una gramínea del éxodo en mi origen
columpio el vacío anclado desde mi infancia
-total-
Soy una corona de gloria
olvidada en el nicho de mi boca.
De su libro Aguaje, 1999, Quito, Ecuador
XIV
De Dolores Etchecopar
El pozo
mi hijo no hace pie en el alba
tampoco hace pie esa ciudad donde estuvimos
ni el tren que iba a Berlín
ni los muertos que suben y bajan
la ropa de los vivos
nada hace pie ni la pobreza ni la risa
ni los ruidos feroces ni las luciérnagas
bajo el gran país que suelta la noche
digo unas palabras aparto a la extraña mujer
que se prepara en mi sollozo digo unas palabras
antes de que ella me enmudezca con sus fábulas
y su desmemoria
mi hijo no hace pie en el alba
el tren que iba a Berlín
los vivos que suben y bajan
la ropa de los muertos
nada hace pie
en el llamado
nada hace pie
en el silencio ese niño
nunca sabrá
por qué afuera de la luna
golpean a un viejo caballo
De su libro “Notas Salvajes”, Argentina.
XV
De María Teresa Andruetto
Desnuda en la tienda
Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.
Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.