martes 8 de noviembre de 2011

Trescientos cuarenta y seis


Colibrí. Mariposa. Colibrí.



“Formosa”, dicen que proviene de una expresión del castellano antiguo. Los primeros colonizadores españoles dijeron que la región era “fermosa”, y ahí quedó el tiempo hincándose en el nombre.
Cruce de otros cruces, tierra de otras tierras, en Formosa se hablan las voces del pasado.
“Una frase puede empezar en español, seguir en mataco o toba y terminar en guaraní”, nos dice Ñawpa –nuestro anfitrión- y nos pone un montón de ejemplos desplegando abanicos que trazan un horizonte nuevo para cuatro poetas urbanos.
A orillas de la Laguna de Herradura, hermanada al río Paraguay, entendemos que aquí Babel abandona su verticalidad para correr horizontal, como una barca de pescadores, capturando esas palabras del tiempo pasado para enhebrarlas en las barbas del camalotal.
Porque así como en los oídos del visitante estallan nociones nuevas y mestizas, a los ojos les va sucediendo algo similar frente a la marcha de esas islas que se deslizan, reverdecidas y brillantes, con la sinuosidad de una serpiente de agua, llevando sobre sí pájaros que planean tomando como cierto que la cualidad de la tierra es claramente el movimiento.
En esta tierra que no es sólida, en esta lengua que es maleable, los seres transcurren con cierto desplazamiento ajeno a la lógica de las grandes ciudades. Hay que escuchar qué están diciendo.
Con Mónica Rosemblun, rumbo a la costanera, nos detuvimos al borde de un macetero florido. Allí, entre las flores malvas y fucsias: un colibrí buscaba su alimento. A la velocidad de la luz, mago al que es imposible descubrirle el truco, el avecilla parecía tener la sangre lo suficientemente caliente como para generar toda esa actividad de motores, alas, vuelos y atardeceres.
Para los guaraníes el Mainumby (colibrí) era un ser a medio camino entre los dioses y los mortales, portador del manantial de la vida, que es el agua pero también la palabra. Tan grande su tarea que estaba destinado a no detenerse jamás.
Sin embargo, estamos en Formosa. Una vez que nuestra mirada se acostumbra al movimiento desaforado, al ave es posible distinguirle una trompa tan fina como un alfiler, enroscada como la de las mariposas y dos pequeñas antenitas a cada lado de ella. En su parte trasera, su cuerpecito de unos cuatro centímetros de largo, culmina en una superficie negra, aterciopelada, donde parece dibujarse un rostro. Las dos viajeras insistimos gatillando las cámaras para atrapar la maravilla: trompa de caracol, alas de colibrí, cola con cara de ratón, alma de mariposa.
Ya con la foto de regreso a la ciudad, la investigación nos dice que ese pequeño ser no es colibrí, ni ave: es un coléoptero cuyo nombre es, precisamente, Mariposa-colibrí.
Esta es entonces, nuestra lección formoseña. Cuando las lenguas se recrean en abierta armonía, cuando la tierra y el agua conviven tomando una de la otra sus cualidades más herméticas, no hay un solo ser que pueda ser clasificado. Es por eso que al regreso, nos acompaña esa belleza dolorosa de haber dejado atrás un espacio poético. Un mundo nuevo, fermoso y porá.

Del dossier de Plebella. Ver más aquí.

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