Los niños de Japón, Alejandra Correa. Por Marta Ortiz, para la revista Re-Play, Rosario, Argentina.
Foto: Patricia Damiano
Y al modo de la cereza en el fondo de la copa o separada del postre para saborearla al final, agrego Los niños de Japón, poesía de Alejandra Correa (nacida en Uruguay, 1965, residente en Buenos Aires, nacionalizada argentina), libro que suma las ilustraciones del dibujante rosarino El Pibe Eferverscente; editado por Recovecos, Córdoba, 2010.
Los niños escritos por esta letra poética son literalmente niños de papel, involuntarios sujetos del minucioso arte oriental del Origami: niños plegados, recortados, replegados, hábilmente maniobrados por el adulto de turno, fiel a las siete reglas básicas de dicho arte que preceden el poemario. De papel o de celuloide. Alejandra Correa se inspiró en personajes niños de creadores japoneses del cine y la literatura para componer las cinco partes que articulan su libro. En esta línea, Los hermanos, Minami e I (primera parte) remedan personajes de “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” de Kenzaburo Oé. Aquí ellos son viejos y están solos en el bosque mientras el lobo parece que sí está: en japón/ los niños fingimos infancia. La visión es demoledora, no hay espacio ni esperanza para niños que caben en la brevedad de un haiku: Vivimos en una gota / de espacio / sin hacer / ruido. Masao evoca las impresiones emergentes de “El verano de Kikujiro” (1999) del cineasta Takeshi Kitano; la tercera parte: Keiko/Mariko, basado en “Pálida luz de las colinas” (Katzuo Ishiguro), contempla imágenes de niños víctimas de estallidos criminales, Hiroshima a la cabeza: vidrios de luna / anidan bajo mi piel / mi sangre /es plateada. Las palabras aquí cortan y lastiman, abundan vidrios, viento caliente, cactus, estallidos. Kimitake (parte cuatro) recrea a Yukio Mishima en Confesiones de una máscara; Kimitake es obligado en la novela a intercambiar sus máscaras; así entonces en el poema: Si he muerto cuando niño / si a mi cuerpo le cosieron una escena / en la que habitaron como ofrendas / mis juguetes más dilectos.
La lejana cierra esta colección de poemas de versos cortos y despojados, tan intensos y delicados como las pinturas japonesas que en pocas líneas de variado espesor lo dicen todo, versos brotados de la exploración de un territorio ambiguo y difícil: la infancia silenciada y manipulada: Este ojo mío / es una ranura/ por la que espío/ cómo duermen los niños / en esos lechos duros / como el hueco / de una tumba.
Una geografía lejana que presenta y representa a sus niños así como los percibe la poeta: emergentes de ese pesado animal que se llama infancia, que los obliga a un armado o construcción diaria semejante al paciente proceso en papel según la técnica de Origami; armado que ayudará, acaso, si constante y prolijo, a soslayar el olvido de la “forma” que en cualquier lugar del mundo, suele definir el concepto ideal o clásico de “niño”.

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