jueves, 30 de junio de 2011

Acecho de niños

Por Alejo González Prandi
En elvendedordetierra.wordpress.com
Alguien puede creer que las criaturas enjauladas en Los niños de Japón (Ediciones Recovecos, 2011) se despiertan durante las noches a celebrar ritos inconclusos, a cargar las penas de sus ancestros, a esclarecer la palabra mutilada en el vórtice del llanto, pero también a destruir todo eso de un plumazo, lengua afuera, denunciando las imposturas del tiempo, las falsedades de la herencia y del dolor.
Alejandra Correa escribió una canción de noche, un cuento de cuna que esconde un kris al revés del verso. Un libro en el que todos “somos culpables/  por haber nacido”. Nadie es inocente. “Tarde o temprano”.
Integrado en cinco partes (Los hermanos, Minami e I; Masao; Keiko / Mariko; Kimitake; y La lejana), Los niños de Japón señala en el inicio siete reglas básicas del arte del Origami, siete normas en las que se limitan y construyen la voz, el silencio (aunque “hay ríos que no callan”), las figuras, las sombras y los espejos de criaturas salvajes, tiernas, desesperadas, buscadoras de señales y abrigos, sacrificadas y en permanente acecho. Prometen “la brisa blanca”, tienen “hermanos nuevos/ cada verano”, ríen… “porque el aire/ se cree mar/ y nos moja”. Pero también atados “de pies y manos/ a esta tierra de carne oscura”, hay días que están solos como “siervos que agonizan”.
Una lectura promete un ejercicio de los sentidos, una probabilidad al desorden, una puerta a la subversión. Correa, además de “elegir correctamente al niño para obtener un diseño adecuado”, como reza la segunda regla del Origami, nos entrena en el conocimiento del fuego, el agua, la tierra, la madera y el metal, las cinco lenguas del universo habitadas por Los niños de Japón. Pueden aparecer en cualquier parte, transformados en cualquier materia.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails