
1.
- Spóndylus.
La primera vez que alguien dice esa palabra estoy a tresmil metros sobre el nivel del mar, en Quito, Ecuador, con los pies en el Mirador de Guápulo. El hombre señala lo que tengo entre manos y me dice que es una joya, que los incas ya tallaban las valvas de este molusco. Saboreo la palabra que se me olvidará en unos segundos. De tan anaranjada, casi fosforesce. Compro unos aritos, incrusto una leyenda en mis lóbulos.
Desciendo una cuesta. Como por arte de esa palabra, descubro este sitio que será el más vívido recuerdo de Quito. Una suerte de balcón natural debajo del cual se despeña la ciudad con sus catedrales y monasterios y esas autopistas que de noche son invadidas por roedores luminosos que no cesan. Este cerro se enfrenta a otro situado a varios kilómetros como si se mirara en un espejo del pasado: el de enfrente aún conserva un enorme bosque con todos sus árboles en pie.
Respiro el aire pesado, cargado del alma limpia de las piedras. Aquí los colibríes tienen voz y cantan, más cercanos a los pájaros que a los dioses. Pienso que si hubiese viajado lo suficiente, podría argumentar que se trata del mejor lugar del mundo. Pienso: ¡qué suerte que no haya viajado lo suficiente ¡
La montaña desciende hasta una calle que desde aquí es sólo una adivinanza. Por una escalera rústica que cae vertical, suben ancianos, señoras y niños, boqueando. En sus gargantas está el valle verde y, en el fondo, una fosa cóncava que absorbe nubes y encrucijadas. Las voces son trazos de un folklore nacido del hambre, entre los que brilla una palabra como una gema preciosa. Una palabra que he olvidado.
Crónica de un viaje a Quito, 2010, escrita a pedido de la revista Plebella.
Leer más en Plebella

