miércoles, 29 de diciembre de 2010

Trescientos tres

Una mujer inca sentadaba bajo un árbol


 


1.

- Spóndylus.

La primera vez que alguien dice esa palabra estoy a tresmil metros sobre el nivel del mar, en Quito, Ecuador, con los pies en el Mirador de Guápulo. El hombre señala lo que tengo entre manos y me dice que es una joya, que los incas ya tallaban las valvas de este molusco. Saboreo la palabra que se me olvidará en unos segundos. De tan anaranjada, casi fosforesce. Compro unos aritos, incrusto una leyenda en mis lóbulos.

Desciendo una cuesta. Como por arte de esa palabra, descubro este sitio que será el más vívido recuerdo de Quito. Una suerte de balcón natural debajo del cual se despeña la ciudad con sus catedrales y monasterios y esas autopistas que de noche son invadidas por roedores luminosos que no cesan. Este cerro se enfrenta a otro situado a varios kilómetros como si se mirara en un espejo del pasado: el de enfrente aún conserva un enorme bosque con todos sus árboles en pie.

Respiro el aire pesado, cargado del alma limpia de las piedras. Aquí los colibríes tienen voz y cantan, más cercanos a los pájaros que a los dioses. Pienso que si hubiese viajado lo suficiente, podría argumentar que se trata del mejor lugar del mundo. Pienso: ¡qué suerte que no haya viajado lo suficiente ¡

La montaña desciende hasta una calle que desde aquí es sólo una adivinanza. Por una escalera rústica que cae vertical, suben ancianos, señoras y niños, boqueando. En sus gargantas está el valle verde y, en el fondo, una fosa cóncava que absorbe nubes y encrucijadas. Las voces son trazos de un folklore nacido del hambre, entre los que brilla una palabra como una gema preciosa. Una palabra que he olvidado.


Crónica de un viaje a Quito, 2010, escrita a pedido de la revista Plebella.
Leer más en Plebella

lunes, 27 de diciembre de 2010

Trescientos dos

Hojas de un árbol plateado y quieto
en el bosque de coihues
 

almas que penden de las sombras

niños de madera clara
ahogados en la corteza
de los arrayanes

estelas en la piel del lago
sombras de monstruos azules

de peces dueños de una cosmogonía propia
y arcoiris

voces en la lluvia muda
en la silente brisa de los cerros

Con miedo y con la yema de los dedos
leo los signos que imprimen 
en su larga marcha
los hijos sin tiempo

domingo, 19 de diciembre de 2010

Trescientos uno

Jugábamos a que yo me ahogaba y debía pedir auxilio. Él venía hasta mí, manoteando el agua que nos separaba, me prendía la pulsera de la tablita de telgopor en la muñeca y me salvaba. Y se iba nadando sin esperar a que le agradeciera.
Repetimos la escena varias veces. Después él escribió en la arena "Te amo" y dibujó un corazón que parecía una frutilla.

Esa tarde hablamos de los animales en vías de extinción como los gorilas de montaña, los koalas y el oso panda. Los buscamos en internet. Vimos que se alimentaban de plantas que quedaban reducidas por el avance de las ciudades, que eran doblegados por la caza ilegal, por los cambios climáticos, por la civilización y sus furias.

A la noche nos sentamos bajo un árbol. Le hice masajes en el pie que le dolía. Y entonces hizo la pregunta que había flotado entre nosotros todo el día, como un fantasma.

- Mamá, ¿hay gente que quisiera no estar viva?

Apelé a la coartada de hacerle otra pregunta, a fin de ganar tiempo:

- ¿Por qué te parece que alguien desearía no estar vivo?

- Porque así no le dolerían las enfermedades, los venenos y no tendría que morirse...

- Bueno -dije tratando de encontrar un contrapunto a medida de su infancia-, si no estuviéramos vivos tampoco nos divertiríamos, ni viviríamos vacaciones, helados, juegos en el agua, regalos, chupetines...

- Sí - dijo él-, pero si estás vivo te duelen las cosas y tenés que morirte. Sólo los dioses no se mueren porque son inmortales. Y Papá Noel...

- ¿Papá Noel es un dios? - le pregunté con sorpresa.

- No -me dijo él, como si fuera algo tan obvio que no hiciera falta explicarlo-. Pero como hace feliz a mucha gente no se muere ni se va a morir nunca.

Y se quedó pensando.

- Cuando yo sea grande voy a tener una juguetería y voy a repartir regalos a todos los chicos. Así también voy a ser inmortal... 

Entonces me abrazó fuerte y dijo:

- Y si te morís, te hago volver, así te podés quedar conmigo y yo no me quedo solo.

La noche bajo el árbol abrió las alas y planeó sobre nosotros, pequeños los dos.

martes, 7 de diciembre de 2010

Trescientos

Soy como tantas 
mujercitas de este mundo

un vigoroso 
duraznero de jardín

enormes y bellos frutos
penden de mis brazos

y mis raíces
muriéndose


Del libro "Los niños de Japón", Editorial Recovecos, 2010.
Ilustración: El pibe efervescente

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