En mí viven inmortales:
pocos y precisos inmortales
Pilares fundamentales de un puente sobre un río turbulento
Ellos me acunan cuando me hago niña o cuando la vejez me sorprende en extremo
Son estoicos y están siempre a mano cuando los necesito
Y no se quejan: esa es la mayor virtud de la que hacen gala
En líneas generales, nos llevamos bien en esta convivencia que impongo y solo en escasas oportunidades adherimos a la guerra del otro
No es la mía vocación de taxidermista,
mis inmortales no son seres embalsamados a quienes reúno para besar en las Navidades
Nada de eso. Son para mí tan necesarios como el aire entre las palabras
o como decir esto o decir aquello
Cada tanto debo atender a sus exigencias.
Uno me pide que cuide su huerta en el pueblo blanco
y aunque sé que ha sido ganada por el dominio exterminador de las hormigas,
callo (no quiero perturbar su ensoñación con esta bofetada de inútil realidad)
Otro insiste con que encontraré el secreto de lo perdurable
escuchando el lenguaje acuoso de los peces
y aunque me detengo al borde de la pecera y finjo oir una canción
no logro entender de qué me habla
No me engaño:
sin mi voz, mis modestos inmortales estarían muertos
Por eso sospecho que se aprovechan de mi vocación de médium
y que los días de nuestra relación están contados
pero para qué preocuparlos desde ahora, me digo...
Y juntos vemos este nuevo atardecer al borde del mundo