miércoles, 30 de diciembre de 2009

Doscientos cuarenta y uno

La que habla es la lluvia

y en su voz

la violenta divinidad de las aguas verticales

en letras de cristal molido

repite una leyenda


Una ciudad vibra dentro de otra que yace

y su corazón viejo y cansado

es un perro de obsidiana que agoniza

rodeado de baratijas made in china


La que calla también es la lluvia


Y en su silencio duerme

una mujer ancha y húmeda

que gobierna las aguas del horizonte


recostada sobre el desierto

ve pasar la fiesta


Es en el sitio de la caída

donde el hombre y la mujer

se reunen en una ceremonia


Ellos son los que hablan y callan

ajenos a la furia de los tiempos

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Doscientos cuarenta



Doscientos treinta y nueve

La niña me dice que yo he sido

que hubo un tiempo sin pasamanos
donde se vivía de globos
y sonidos

me dice que he sido
una anciana atada
a una roca

que fui sirena
y tejí sueños de musgo

que seré relámpago mañana

la hace reir mi tiempo
que es un río
que se escapa hacia adelante

la niña me dice que hay minutos
que tengo pies
y soy anfibia

y que la frente
y el sol
en mi vestido anaranjado

se deshace de amor
y me llama

es un arabesco de arena
encantado por el viento

abre la caja de sus manos
y un grillo azul
salta a mis párpados

gotas de rocío

quien pudiera tener
su piel de luna

martes, 15 de diciembre de 2009

doscientos treinta y ocho

Hay días en que, como hoy, me siento a tomar mates con Juan Pablo. Como buen uruguayo lo toma con el agua hervida e hirviendo, con una yerba finita, pero aguantadora como pocas, made in Brasil.

Nos sentamos en el fondo de su casa con vistas a la quinta donde al calor de la tarde los tomates sueñan el atardecer y las hormigas más grandes del mundo dejan el sello de sus dientes en el canto de las hojas.

La charla nos va llevando hacia una y otra orilla: somos un barco a los tumbos en un mar rebelde. Juan Pablo tarde o temprano echará amarras en el tema del vino porque necesita llevar periódicamente la cuenta de cuántas damajuanas le quedan. Él mismo hace su vino para todo el año, en un minúsculo galpón al lado de la higuera. Lo hace con sus uvas, las de estas parras que ahora miramos. Las deja macerar y les pone azúcar a cántaros para que fermenten más rápido. Hace un vino de lujo, un segundo vino más lavado y finalmente la vineta (algo similar al vinagre pero que él toma con verdadero deleite). Todas las formas de este elixir son prudentemente almacenadas en el fondo de esta cava improvisada.

Bueno, no es un detalle menor decir que Juan Pablo dejó este mundo hace ya algunos años, un diciembre caluroso en una ciudad con alma de pueblo, en la comarca oriental del Río de la Plata. Desde entonces, vengo tomando mates con él, de tarde en tarde, siempre en mi balcón y con la Flor de Nácar que traje de su tierra a la mía, de fondo. Entonces, Juan Pablo me vuelve a contar la historia de cómo el vino llega al mundo.

Este diálogo define lo que para mí es la MEMORIA, esa palabra que también usan los contadores para resumir lo que hizo una empresa durante un año entero, que exprimen a más no poder los discursos políticos desde hace años y con la que se suele echar mano para cerrar la puerta de una historia vivida por muchos. Hablo de ésta, de la simple memoria, la que entra en diálogo, pregunta y duda. Nunca enmudece, nunca se tranquiliza o se hace piedra. Es una memoria que produce en la ausencia, que es activa, se hace palabras y, en sus mejores destellos, se vuelve poesía.

Pero ahora dejaré de escribir: debo atender al mate que regresa de las manos de mi abuelo.


Foto de Fabio Correa

viernes, 11 de diciembre de 2009

Doscientos treinta y siete

Escribo árbol
este árbol de verano
el que hizo sombra en mis huesos

Pero vos leés árbol
y arrancás de cuajo toda raíz
y la llevás
a ese jardín que es tu recuerdo

para volar de un escalón a otro
como yéndote y volviendo sin destino

y te sentás a morder un fruto
de ese manzano
que es para vos
todo lo que un árbol debe ser

O de rodillas llorás aferrado
al último pino de un bosque roto
y tu árbol final ya es un puro mar

Y aquí nomás
el árbol que yo he escrito
sigue en pie y ríe como un niño
en el atardecer de las ciudades

sábado, 5 de diciembre de 2009

Doscientos treinta y seis

En mí viven inmortales:
pocos y precisos inmortales

Pilares fundamentales de un puente sobre un río turbulento

Ellos me acunan cuando me hago niña o cuando la vejez me sorprende en extremo

Son estoicos y están siempre a mano cuando los necesito
Y no se quejan: esa es la mayor virtud de la que hacen gala

En líneas generales, nos llevamos bien en esta convivencia que impongo y solo en escasas oportunidades adherimos a la guerra del otro

No es la mía vocación de taxidermista,
mis inmortales no son seres embalsamados a quienes reúno para besar en las Navidades

Nada de eso. Son para mí tan necesarios como el aire entre las palabras
o como decir esto o decir aquello

Cada tanto debo atender a sus exigencias.
Uno me pide que cuide su huerta en el pueblo blanco
y aunque sé que ha sido ganada por el dominio exterminador de las hormigas,
callo (no quiero perturbar su ensoñación con esta bofetada de inútil realidad)

Otro insiste con que encontraré el secreto de lo perdurable
escuchando el lenguaje acuoso de los peces
y aunque me detengo al borde de la pecera y finjo oir una canción
no logro entender de qué me habla

No me engaño:
sin mi voz, mis modestos inmortales estarían muertos
Por eso sospecho que se aprovechan de mi vocación de médium
y que los días de nuestra relación están contados

pero para qué preocuparlos desde ahora, me digo...

Y juntos vemos este nuevo atardecer al borde del mundo

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