domingo, 1 de noviembre de 2009

Doscientos veintidós

Claromecó es una ciudad terrosa y achaparrada. Es también el recuerdo de él, de todos los veranos que pasó las vacaciones con su familia, entre los 8 y los 12 años. Y si su familia elegía este balneario, que raya con el sur y tiene alma de estepa, es porque su padre había vivido una juventud dorada en Tres Arroyos y era costumbre de la gente de esa localidad veranear en Claromecó. La memoria de la juventud del padre los llevó hasta allí varios eneros. Ahora hemos viajado al recuerdo del recuerdo.
En la novela que él escribió se refiere a las casas hundidas en la arena. en Claromecó, los primeros colonos, habían edificado casas al borde del mar, casas de barraca, de chapa y madera. Esas casas eran cubiertas por la arena durante el año, mientras nadie las usaba. Era un trabajo que hacía el viento. Cada verano las casas se desenterraban para ser habitadas.
En la novela, él revive esa imagen con horror. Es el descubrimiento de un niño: las casas pueden ser devoradas. Sin embargo, el niño intuye algo aún más aterrador en el revés de la imagen: las casas pueden tragarte. Y a los 12 años, esa es una certeza que lo pone a uno en alerta. Hemos viajado al recuerdo de ese alerta.
Le tomo una foto en la fachada de un local que él recuerda con el candor de los 10 años, lo describe con aquellos ojos como si se tratar de un parque de diversiones: "Chedressi - De todo como en botica", es el slogan con que se presenta al mundo este negocio. Se trata de uno de esos almacenes donde conviven herramientas y baldecitos de playa, reposeras y cañas de pescar. Él entra al local y siente que le queda chico. Se ha encogido tal como suele suceder con los espacios que nos pertenecieron cuando niños.
Volver al lugar del recuerdo es descentrarse. Es superponer el presente al molde del pasado. Es entrar por la puerta de un espacio que hemos habitado pero que ahora es otro. Sin embargo, allí está aún ese que fuimos en el pasado. Es un cancerbero que nos entrega intacto el espacio para que lo veamos otra vez. Pero nosotros, lo vemos con los ojos de hoy. El diálogo, a veces, resulta imposible.

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