lunes, 29 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y ocho

Claromecó es una ciudad terrosa y achaparrada. Es también el recuerdo de él, de todos los veranos en que pasó las vacaciones en familia entre los 8 y los 12 años. Y si su familia elegía este balneario, que raya con el sur y tiene alma de estepa, es porque su padre había vivido una juventud dorada en Tres Arroyos y era costumbre de la gente de esa localidad veranear en Claromecó. La memoria de la juventud del padre los llevó hasta allí varios eneros. Ahora hemos viajado al recuerdo del recuerdo.
En la novela que él escribió, en lo que para mí es el más bello de los pasajes, se refiere a las casas hundidas en la arena. En Claromecó, los primeros colonos, habían edificado casas al borde del mar, casas de barraca, de chapa y madera. Esas casas eran cubiertas por la arena durante el año, mientras nadie las usaba. Era un trabajo que hacía el viento. Cada verano las casas se desenterraban para ser habitadas.
En la novela, él revive esa imagen con horror. Es el descubrimiento de un niño: las casas pueden ser devoradas. E intuye algo aun más aterrador en el revés de la imagen: las casas pueden tragarte. Y a los 12 años, esa es una certeza que lo pone a uno en alerta. Hemos viajado al recuerdo de ese alerta.
Le tomo una foto en la fachada de un local que el recuerda como mágico: "Chedressi - De todo como en botica". Es uno de esos almacenes donde conviven herramientas y baldecitos de playa, reposeras y juguetes. Él entra al local y siente que le queda chico. Se ha encogido, tal como suele suceder con los espacios que nos pertenecieron cuando niños.
Volver al lugar del recuerdo es descentrarse. Lo vivido suele cancelar los espacios que hemos abandonado. Ese que fuimos en el pasado, permanece aún allí, como cancerbero, y si logramos entablar un diálogo con él, terminaremos rogándole que se marche por un rato para poder verlo todo con los ojos de hoy.

domingo, 28 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y siete

que te atraviese al agua de la mirada ajena

que en vos se haga luz tu sombra

que las penas se deslicen por un tobogán aceitado hacia la arena y allí se vuelvan caracoles de mar

que lo aprendido sedimente en una nueva era arqueológica sobre la que tus hijos jueguen rayuela

que te sorprenda lo que atesorás

que encuentres las puertas para salir y entrar a lo que te espera

que tengas la habilidad para mirar todo lo que te rodea como si recién volvieras de la noche

que te detengas en el vuelo y en el reptar de la tierra, en el olor de la tormenta y el ciclo de los atardeceres

que te conformes con la historia que llevas escrita, pero no tanto como para matar al deseo, esa ensoñación hecha carne

que "al menos una hora al día seas infeliz a la manera de los hombres libres", como escribió alguna vez Primo Levi

y que todo lo que signifique un Año Nuevo para vos, se despliegue en el tiempo y el espacio para darte aliento


A todos los visitantes de este blog

viernes, 19 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y seis

Hay días en que, como hoy, me siento a tomar mates con mi abuelo Juan Pablo. Como buen uruguayo toma el mate con el agua hervida e hirviendo, con una yerba finita pero aguantadora como pocas, made in Brasil.

Nos sentamos en el fondo de su casa, y la charla nos va llevando hacia uno y otro lado: somos un barco a los tumbos por un mar rebelde. Mi abuelo tarde o temprano, echará amarras justamente en el tema del vino, porque necesita llevar periódicamente la cuenta de cuántas damajuanas le quedan. Él mismo hace su vino para todo el año, en un minúsculo galpón al lado de la higuera. Lo hace con sus uvas, las de estas parras que ahora miramos. Las deja macerar y les pone azúcar a cántaros para que fermenten más rápido. Hace un vino de lujo, un segundo vino más lavado y finalmente la vineta (algo similar al vinagre pero que él toma con verdadero deleite).

Bueno, no es un detalle menor decir que mi abuelo dejó este mundo hace ya algunos años, un diciembre caluroso en una ciudad con alma de pueblo, en la comarca oriental del Río de la Plata. Desde entonces, vengo tomando mates con él, de tarde en tarde, en mi balcón y con las plantas de fondo. Entonces, Juan Pablo me vuelve a contar la historia de cómo el vino llega al mundo.

Este diálogo con mi abuelo es lo que para mí define la idea de MEMORIA, esa palabra que también usan los contadores para resumir lo que hizo una empresa durante un año entero, que exprimen a más no poder los discursos políticos desde hace años y de la que se suele echar mano para cerrar la puerta de una historia vivida por muchos. Hablo de ésta, de la simple memoria, la que entra en diálogo, pregunta y duda. Nunca enmudece, nunca se tranquiliza o se hace piedra. Es una memoria que produce en la ausencia, que es activa, se hace palabras y, en sus mejores destellos, se vuelve poesía.


Perdón, ahora dejaré de escribir: debo atender al mate que regresa de las manos de Juan Pablo.


...
Juan Pablo, por Fabio Correa (foto)

jueves, 18 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y cinco

no dejo verde ni seco
de lo vivo a lo pintado
hago venir a la madre

pelo manzanas
las sumerjo en caramelo
te alimento

lavo tus hebras una a una

enrizo
entuerto
enmiendo

te reparo

domingo, 14 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y cuatro

Dejar atrás
ese disolverme en lo abierto
fue un dolor solo comparable
a la última noche

hubo una canción olvidada
y cuando quise entonarla
un siglo después
había perdido la voz

jueves, 11 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y tres

En mí viven inmortales:
pocos y precisos inmortales

Pilares fundamentales de un puente sobre un río turbulento

Ellos me acunan cuando me hago niña o cuando la vejez me sorprende en extremo

Son estoicos y están siempre a mano cuando los necesito
Y no se quejan: esa es la mayor virtud de la que hacen gala

En líneas generales, nos llevamos bien en esta convivencia que yo impongo:
somos siameses de miradas y solo en escasas oportunidades adherimos a la guerra del otro

No es la mía vocación de taxidermista,
mis inmortales no son seres embalsamados a quienes reúno para besar en las Navidades

Nada de eso. Son para mí tan necesarios como el aire entre las palabras
o como decir esto y decir aquello

Cada tanto debo atender sus exigencias.
Uno me pide que cuide su huerta en el pueblo blanco
y aunque sé que ha sido ganada por el dominio exterminador de las hormigas,
callo (no quiero perturbar su ensoñación con esta bofetada de inútil realidad)

Otro insiste con que encontraré el secreto de lo perdurable
escuchando el lenguaje acuoso de los peces
y aunque me detengo al borde de la pecera y finjo oir una canción
no logro entender de qué me habla

No me engaño:
sin mi voz, mis modestos inmortales estarían muertos
Por eso sospecho que se aprovechan de mi vocación de médium
y que los días de nuestra relación están contados

pero para qué preocuparlos desde ahora, me digo...

Y juntos vemos este nuevo atardecer al borde del mundo

miércoles, 10 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y dos

La palabra ladra
al atardecer del cerro
sin descanso

no cesa
ni ceja

la palabra es ese perro buldog
roído por el mal de la melancolía
envenenado y abierto
por el vértice de una estrella

lejos de ser guardián
nos va comiendo vivos
se queda el perro
con los dientes llenos de nosotros
en retacitos o hilachas
se queda dormido

miércoles, 3 de diciembre de 2008

ciento cincuenta y uno

Mi mano derecha se cierra

en caracol sobre la lapicera
el índice se enrosca
y el anular
soporta toda la fuerza de mi puño

se eleva apenas mi mano
se descontrola y corre

me aventuro
al movimiento y la música
me desboco soy un caballo herido

un buzo dentro de una cápsula oxigenada
al borde de la asfixia

me amarro y me suelto

me deshago

transito las líneas suaves de los renglones
con la desesperación de un hambriento
en medio de un banquete

algo me apura
y sé que siempre
algo se escapa

estoy corriendo detrás de una liebre
internándome con toda prisa
en la más cerrada de las noches


Quiero dedicarle esta entrada a mi amiga Patricia Damiano gran creadora de mundos propios y de universos compartidos. Hoy, día de su cumpleaños, es también el día en que un colibrí hizo su hogar en mi mano.

martes, 2 de diciembre de 2008

ciento cincuenta

Volvamos a ese lugar común: los atardeceres son granos de arena.
A través del tiempo, la duna es densa. Se hace cada vez más difícil sostener un solo granito entre los dedos. Aislarlo. Poder decir aquel atardecer fue azul, o el siguiente fue anaranjado. Ayer mismo, ¿qué atardecer fue?
Mis ojos ruedan de día en día, lo único que me detiene es la palabra al borde de la noche. Mi propio ritual en torno a un fuego que es máquina ahora. La gran maquinaria del fuego donde sé que el tiempo se despeña, de tarde en tarde.
Escucho a los amigos hablar de que éste fue un mal año, o un buen año, o un año mediocre. Y pienso en la duna. En cuáles son los granos de arena que se corresponden al año del que hablan. Trato de asir los hechos, de asir conclusiones y deseos. Lo que llaman "el año" es algo que apenas se enuncia ya ha cambiado de sitio y forma. Una suave brisa, un pestañeo apenas, hacen de él un tembladeral que se acomoda sinuosa, como el cuerpo de una serpiente de colores en la superficie de un inabarcable desierto.

lunes, 1 de diciembre de 2008

ciento cuarenta y nueve

del río, los pies de los niños
del horizonte, el espacio que busca abrirme un centro
del silencio, lo que desnuda
de la lluvia, la certeza de su fin
de los árboles, la insaciable danza de los días
de las cenizas, saber el sitio en el que yaces
de la poesía, los sobrevivientes: un sol negro erguido sobre un bosque en llamas
del pasado, el certero universo que construyó mi olvido
de todo lo que abisma, tus ojos
del cielo, las alas
un pájaro final


del libro "Donde olvido mi nombre", de A. Correa, Alción 2005.

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