Es el mito en reversa.
Un joven harto de la ciudad, de su familia y del siglo XX, decide desconectarse. Se interna en el paraíso (Into the wild) que esta vez lleva el nombre de Alaska. Su misión es sobrevivir con lo puesto, el fuego, un rifle, un libro, un carromato salvador que encuentra abandonado en una pradera y que tal vez haya sido la tumba de alguien que lo precedió en este intento. Es Adán provisto del rezago de la humanidad.
Resiste hasta el verano, contando las raciones de arroz y cazando animales salvajes. Nevadas violentas, días y noches con cada segundo abierto sobre la blanca tela del presente absoluto. Cuando todo comienza a florecer se dispone a volver sobre sus pasos. Encuentra que el río que cruzó, cien días atrás, ahora es un veloz y furioso rápido producto del deshielo. Está atrapado Into the wild, en un escenario de belleza extrema. No entiende por qué han desaparecido los animales que deberían estar allí.
Una voz interna le dice que pruebe de los frutos que lo rodean. Provisto de un libro de botánica se alimenta de bayas. No son manzanas, esta vez; no hay deseo, esta vez. Lo que hay es una soledad al límite de todo. De ella el hombre extraerá sus costillas sobre las que nadie soplará.
Las bayas lo envenenan. Luego de una intensa agonía, sobre las páginas del libro “Educación de un Hombre Errante”, de Louis L’Amour, Adán escribirá sus últimas palabras: “Tuve una vida feliz y doy gracias al Señor”.
Los medios de comunicación harán eje en la ignorancia del joven: “¡Si estaba a escasas 16 millas de un camino y más cerca aún de un puente¡” “¡Cómo no tenía un mapa de la zona¡” “¡Ha sido un suicidio¡” En ellos habla la voz de un Dios agobiado por la razón, quien se niega a protagonizar una nueva página de este apócrifo evangelio que jamás será escrito.
Resiste hasta el verano, contando las raciones de arroz y cazando animales salvajes. Nevadas violentas, días y noches con cada segundo abierto sobre la blanca tela del presente absoluto. Cuando todo comienza a florecer se dispone a volver sobre sus pasos. Encuentra que el río que cruzó, cien días atrás, ahora es un veloz y furioso rápido producto del deshielo. Está atrapado Into the wild, en un escenario de belleza extrema. No entiende por qué han desaparecido los animales que deberían estar allí.
Una voz interna le dice que pruebe de los frutos que lo rodean. Provisto de un libro de botánica se alimenta de bayas. No son manzanas, esta vez; no hay deseo, esta vez. Lo que hay es una soledad al límite de todo. De ella el hombre extraerá sus costillas sobre las que nadie soplará.
Las bayas lo envenenan. Luego de una intensa agonía, sobre las páginas del libro “Educación de un Hombre Errante”, de Louis L’Amour, Adán escribirá sus últimas palabras: “Tuve una vida feliz y doy gracias al Señor”.
Los medios de comunicación harán eje en la ignorancia del joven: “¡Si estaba a escasas 16 millas de un camino y más cerca aún de un puente¡” “¡Cómo no tenía un mapa de la zona¡” “¡Ha sido un suicidio¡” En ellos habla la voz de un Dios agobiado por la razón, quien se niega a protagonizar una nueva página de este apócrifo evangelio que jamás será escrito.
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