a Emmanuel Lévinas, i.m.
Hoy, devuelto, llega a ti
este hermoso libro del alma,
a mirarte y dice: quizás, algo
vuelve: viendo el mundo
a través de los dedos del viento
en mi corazón.
La poesía nace de un suspenso, de una negación, de un movimiento nuestro respecto de la propia experiencia. En este sentido, la creación poética lo debe todo a una traición, a un olvido, a un elogio –quizás desmesurado– de la infidelidad a la experiencia vivida. De aquí que la poesía no se agote en el orden de la reminiscencia; tampoco en el del testimonio –el cual es por naturaleza ético y, en relación al poema, sólo una de sus posibilidades. Sin embargo, «poesía» y «experiencia» no se contraponen, ya que la poesía es la vida de la experiencia cuando ésta, como tal, se ha tornado definitivamente inactual: “Lo que nos parece pasado, es decir, un acontecer que no existe más, puede ser quietud. Y esta quietud puede tener una plenitud de ser y de realidad, que al fin supera esencialmente la realidad de lo real en el sentido de la actualidad”. Así, no implica la poesía rememoración alguna y significa la posibilidad de un comienzo absoluto. Ciertamente, el propio acto poético nos marginará de lo creado, acaso porque todo lo que comienza se encuentra inevitablemente solo. Firme, el poema asiente: “El escriba no es nadie”. Por ello escribir conlleva también un olvido de sí. Transfigurar la vida en literatura: olvidarse.
El poema, en consecuencia, está solo. Podríamos alzarlo ante nosotros, contemplar la prueba de nuestro «poder». Si así lo hiciéramos, hallaríamos que el poema nos abandona desde su perfecta exterioridad. Pues no es él, finalmente, una privilegiada manifestación de la particular «sensibilidad» del poeta, de una supuesta interioridad que él llevara consigo, ya como tesoro, ya como lastre. Sólo «estoy en mi obra» hasta el momento preciso en que deseo en ella reconocerme: entonces la obra me niega: la obra me des-aparece.
Creemos a veces poder franquear la distancia que nos separa del poema. Puede ocurrir, en efecto, que su proximidad nos complazca, que nos sintamos satisfechos con él, como si hubiéramos logrado comunicar, de una vez y para siempre, el secreto último que nos abruma y desvela. Esto representa exactamente la ilusión de la «expresión total»: ser en la obra –y sólo allí–: vivir por y para ello, es decir, morir por la Obra. He aquí una ilusión frecuente que el poeta conoce muy bien. Constituye, a la vez, su motivación. De manera que el poema, en ocasiones, se nos presenta amable, incluso «familiar», como una añeja fotografía “de lo que alguna vez fue, de cómo era, de lo que ya no será”. Pero se eclipsará pronto el brillo de su tez espejada. Ahora el poema nos habla, nos hace señas desde la otra orilla. Por esto mismo, fatalmente alterno, y dice: “Si me escribes, te traicionas”. Puede que la escritura no sea sino el incesante trabajo de la identificación que no cesa de fracasar, pero que, por esto mismo, porque no llega a consumarse, se preserva grave y vital.
Que el poema esté solo significa que, en cierto sentido, el poema es inevitablemente autorreferente. El poema, en su aparecer, preserva aún su secreto. Tal un puño que golpea la mesa o una piedra arrojada al estanque. El poema implica un corte en lo real –una singularidad–, la irrupción de una voz que no denota la presencia de su autor: el poema mismo realiza la borradura de su nombre, la escarcha de su sueño, cuyo último horizonte revela un oscuro, abatido arrepentimiento. No porque el poema delatara una intimidad que al publicarse se trocara en pudor y evanescencia. Ocurre, en cambio, que toda expresión guarda en su seno un arrepentimiento primordial. Porque escribir es siempre un exceso. Exceso de desnudez, apología. También una violencia, porque el poema habla, pero es incapaz de abrirse a la escucha. Habla a la noche, nos diríamos, en un movimiento sin retorno; palabra sin eco, efecto sin causa. Pues bien, esta «indiferencia» nos fascina. La soterrada violencia de la palabra escrita; a la vez, su corazón etéreo.
La creación poética en tanto acto se realiza como afirmación. Como tal, no supone ninguna cadena de significaciones a las que remitiría para completar su sentido. Por lo demás, éste jamás podría completarse. El poema, inseparable del acto creativo, está solo. Profunda, fecundamente solo. El poema –viento, río alado– abre un surco, un sendero grácil en la determinación de un mundo sin fisuras. Por ello nos abre a un tiempo de espera, de memoria y esperanza. Como en el amor, la «experiencia poética» nos absuelve del instante, nos separa de la tierra, hace añicos las raíces. Un poema, una estrella, otro que la tierra: huella y desierto, lenguaje constelado.
«Todo es materia poética.» Pero la poesía nace en el preciso instante en que el lenguaje cierra sus misteriosas mallas sobre esa materia. Sin embargo, en estricto sentido, sólo el lenguaje es la materia de la poesía.
La soledad del poema es condición de su fecundidad. Si un sistema de signos constituye un mundo, y si la inteligibilidad de cada uno de sus elementos debe suponerlo, el poema, en cambio, señala justamente un ámbito en el que acontece la substracción misma del lenguaje respecto de todo universo que pretendiera contenerlo como dimensión suya. En otras palabras, el poema separa en acto el lenguaje de la ideología. El poder del signo es tal porque sólo a su través conocemos un mundo de otro modo oculto, inaccesible –es la inteligibilidad misma–. Sin embargo, en nuestro tiempo el signo se ha convertido en síntoma. El signo ya no habla: delata. Por ello, la palabra poética –la palabra que vive de y en la intemperie– es anterior al signo, como el sentido es anterior al significado.
A diferencia de los «alimentos terrestres» –frutos de la distancia, de inmediato incorporados al robarles su provisoria alteridad– el poema permanece en su exterioridad, siempre y cuando lo leamos como poema. Incluso aunque lo gocemos. Pues no todo goce es apropiación, ni toda lectura interpretación. Es preciso pensar o, si acaso este pensamiento ya no nos fuera posible, invocar la experiencia de una lectura no hermenéutica. Se trataría de una lectura que no buscaría justificarse desde su autoridad ni escribir desde su altura, que leería «desnuda» y «desarmada». Nos exigiría un despojamiento, una renuncia, la aceptación de un juego, a primera vista y por así decirlo, «injusto»: reconocer y multiplicar el silencio de un texto, su hermetismo, su misterio: su trascendencia. Ahora bien, esta experiencia es la actualidad de la poesía, su aspiración visible, aquello a lo que nos convoca cada vez.
El poema, pues, anhela el «fracaso» del lector, la «derrota» del escriba mismo. A este fracaso lo reconocemos como un aprendizaje: el poeta deberá confesar que lo propio le espera al otro lado de una mediación insuperable –o aún más acá–. Que la poesía es la experiencia de esta mediación y de una diferencia incesantemente diferida con lo más propio. Siempre en el umbral: nunca daremos el paso que nos apacigüe en la demora de la habitación o en el gozo de una identidad férrea y tramposa. Poeta: ¿cómo podríamos serlo?
Por ello, por último, resta la fe del poeta. Su verdad, creer en la belleza del fruto del trabajo poético. El lenguaje, transfigurado, pero aún subsistiendo como lenguaje, puede ser belleza. Pues la poesía es canto donde la muerte: no para alzarse solemne ante lo inevitable e irrumpir así en el justo exilio de la palabra. Tampoco para reír o renunciar a la ineludible y eterna responsabilidad –la del hombre por y para el otro hombre–, sino para hallar el «siempre» de lo temporal, para preservar lo que, aunque muriese, no debiera morir. Poesía: memoria intemporal que en su soledad irreductible abraza a otra soledad, sin confusión, sin deseo. “Confío que la poesía morará conmigo vaya donde vaya...”