viernes, 12 de enero de 2007

Nicolàs Garrera Ritvo

Ex-cursus sobre lo poético

a Héctor Piccoli
a Emmanuel Lévinas, i.m
.
Una escritura deviene poema:

Hoy, devuelto, llega a ti
este hermoso libro del alma,
a mirarte y dice: quizás, algo
vuelve: viendo el mundo
a través de los dedos del viento
en mi corazón.

La poesía nace de un suspenso, de una negación, de un movimiento nuestro respecto de la propia experiencia. En este sentido, la creación poética lo debe todo a una traición, a un olvido, a un elogio –quizás desmesurado– de la infidelidad a la experiencia vivida. De aquí que la poesía no se agote en el orden de la reminiscencia; tampoco en el del testimonio –el cual es por naturaleza ético y, en relación al poema, sólo una de sus posibilidades. Sin embargo, «poesía» y «experiencia» no se contraponen, ya que la poesía es la vida de la experiencia cuando ésta, como tal, se ha tornado definitivamente inactual: “Lo que nos parece pasado, es decir, un acontecer que no existe más, puede ser quietud. Y esta quietud puede tener una plenitud de ser y de realidad, que al fin supera esencialmente la realidad de lo real en el sentido de la actualidad”. Así, no implica la poesía rememoración alguna y significa la posibilidad de un comienzo absoluto. Ciertamente, el propio acto poético nos marginará de lo creado, acaso porque todo lo que comienza se encuentra inevitablemente solo. Firme, el poema asiente: “El escriba no es nadie”. Por ello escribir conlleva también un olvido de sí. Transfigurar la vida en literatura: olvidarse.

El poema, en consecuencia, está solo. Podríamos alzarlo ante nosotros, contemplar la prueba de nuestro «poder». Si así lo hiciéramos, hallaríamos que el poema nos abandona desde su perfecta exterioridad. Pues no es él, finalmente, una privilegiada manifestación de la particular «sensibilidad» del poeta, de una supuesta interioridad que él llevara consigo, ya como tesoro, ya como lastre. Sólo «estoy en mi obra» hasta el momento preciso en que deseo en ella reconocerme: entonces la obra me niega: la obra me des-aparece.

Creemos a veces poder franquear la distancia que nos separa del poema. Puede ocurrir, en efecto, que su proximidad nos complazca, que nos sintamos satisfechos con él, como si hubiéramos logrado comunicar, de una vez y para siempre, el secreto último que nos abruma y desvela. Esto representa exactamente la ilusión de la «expresión total»: ser en la obra –y sólo allí–: vivir por y para ello, es decir, morir por la Obra. He aquí una ilusión frecuente que el poeta conoce muy bien. Constituye, a la vez, su motivación. De manera que el poema, en ocasiones, se nos presenta amable, incluso «familiar», como una añeja fotografía “de lo que alguna vez fue, de cómo era, de lo que ya no será”. Pero se eclipsará pronto el brillo de su tez espejada. Ahora el poema nos habla, nos hace señas desde la otra orilla. Por esto mismo, fatalmente alterno, y dice: “Si me escribes, te traicionas”. Puede que la escritura no sea sino el incesante trabajo de la identificación que no cesa de fracasar, pero que, por esto mismo, porque no llega a consumarse, se preserva grave y vital.

Que el poema esté solo significa que, en cierto sentido, el poema es inevitablemente autorreferente. El poema, en su aparecer, preserva aún su secreto. Tal un puño que golpea la mesa o una piedra arrojada al estanque. El poema implica un corte en lo real –una singularidad–, la irrupción de una voz que no denota la presencia de su autor: el poema mismo realiza la borradura de su nombre, la escarcha de su sueño, cuyo último horizonte revela un oscuro, abatido arrepentimiento. No porque el poema delatara una intimidad que al publicarse se trocara en pudor y evanescencia. Ocurre, en cambio, que toda expresión guarda en su seno un arrepentimiento primordial. Porque escribir es siempre un exceso. Exceso de desnudez, apología. También una violencia, porque el poema habla, pero es incapaz de abrirse a la escucha. Habla a la noche, nos diríamos, en un movimiento sin retorno; palabra sin eco, efecto sin causa. Pues bien, esta «indiferencia» nos fascina. La soterrada violencia de la palabra escrita; a la vez, su corazón etéreo.

La creación poética en tanto acto se realiza como afirmación. Como tal, no supone ninguna cadena de significaciones a las que remitiría para completar su sentido. Por lo demás, éste jamás podría completarse. El poema, inseparable del acto creativo, está solo. Profunda, fecundamente solo. El poema –viento, río alado– abre un surco, un sendero grácil en la determinación de un mundo sin fisuras. Por ello nos abre a un tiempo de espera, de memoria y esperanza. Como en el amor, la «experiencia poética» nos absuelve del instante, nos separa de la tierra, hace añicos las raíces. Un poema, una estrella, otro que la tierra: huella y desierto, lenguaje constelado.

«Todo es materia poética.» Pero la poesía nace en el preciso instante en que el lenguaje cierra sus misteriosas mallas sobre esa materia. Sin embargo, en estricto sentido, sólo el lenguaje es la materia de la poesía.

La soledad del poema es condición de su fecundidad. Si un sistema de signos constituye un mundo, y si la inteligibilidad de cada uno de sus elementos debe suponerlo, el poema, en cambio, señala justamente un ámbito en el que acontece la substracción misma del lenguaje respecto de todo universo que pretendiera contenerlo como dimensión suya. En otras palabras, el poema separa en acto el lenguaje de la ideología. El poder del signo es tal porque sólo a su través conocemos un mundo de otro modo oculto, inaccesible –es la inteligibilidad misma–. Sin embargo, en nuestro tiempo el signo se ha convertido en síntoma. El signo ya no habla: delata. Por ello, la palabra poética –la palabra que vive de y en la intemperie– es anterior al signo, como el sentido es anterior al significado.

A diferencia de los «alimentos terrestres» –frutos de la distancia, de inmediato incorporados al robarles su provisoria alteridad– el poema permanece en su exterioridad, siempre y cuando lo leamos como poema. Incluso aunque lo gocemos. Pues no todo goce es apropiación, ni toda lectura interpretación. Es preciso pensar o, si acaso este pensamiento ya no nos fuera posible, invocar la experiencia de una lectura no hermenéutica. Se trataría de una lectura que no buscaría justificarse desde su autoridad ni escribir desde su altura, que leería «desnuda» y «desarmada». Nos exigiría un despojamiento, una renuncia, la aceptación de un juego, a primera vista y por así decirlo, «injusto»: reconocer y multiplicar el silencio de un texto, su hermetismo, su misterio: su trascendencia. Ahora bien, esta experiencia es la actualidad de la poesía, su aspiración visible, aquello a lo que nos convoca cada vez.

El poema, pues, anhela el «fracaso» del lector, la «derrota» del escriba mismo. A este fracaso lo reconocemos como un aprendizaje: el poeta deberá confesar que lo propio le espera al otro lado de una mediación insuperable –o aún más acá–. Que la poesía es la experiencia de esta mediación y de una diferencia incesantemente diferida con lo más propio. Siempre en el umbral: nunca daremos el paso que nos apacigüe en la demora de la habitación o en el gozo de una identidad férrea y tramposa. Poeta: ¿cómo podríamos serlo?

Por ello, por último, resta la fe del poeta. Su verdad, creer en la belleza del fruto del trabajo poético. El lenguaje, transfigurado, pero aún subsistiendo como lenguaje, puede ser belleza. Pues la poesía es canto donde la muerte: no para alzarse solemne ante lo inevitable e irrumpir así en el justo exilio de la palabra. Tampoco para reír o renunciar a la ineludible y eterna responsabilidad –la del hombre por y para el otro hombre–, sino para hallar el «siempre» de lo temporal, para preservar lo que, aunque muriese, no debiera morir. Poesía: memoria intemporal que en su soledad irreductible abraza a otra soledad, sin confusión, sin deseo. “Confío que la poesía morará conmigo vaya donde vaya...”
Texto publicado en la revista Nadja, 2003, Córdoba, Argentina.

viernes, 5 de enero de 2007

John Berger

Fragmentos de "Aquí nos vemos". John Berger, Anagrama.

"Hay algo que no debes olvidar John. Olvidas demasiadas cosas. Lo que debes saber es que los muertos no se quedan donde los enterraron".

"Hoy corro el riesgo de escribir tonterías. Escribes algo y no sabes inmediatemente qué has escrito. Siempre ha sido así, dice. Lo único que tienes que saber es si mientes o si tratas de decir la verdad, ya no te puedes permitir equivocarte en esta distinción."

"La mayoría de la gente no puede soportar la verdad, dijo. Es una pena pero es así, la mayoría de la gente no puede soportarla".

"Hubo un error en el principio, continuó. Todo comenzó con una muerte (...)
Pero ¿no se podría pensar que el principio es un nacimiento?, pregunté.
Ese es el error que suele cometerse y tú has caído en la trampa, como me temía.
¡Todo comenzó con una muerte, dices¡
Exacto. Y los nacimientos vinieron después, los nacimientos sucedieron precisamente porque ofrecían la posibilidad de reparar algo de lo que la muerte dejó dañado desde el principio. Por eso estamos aquí, John. Para reparar el daño."

"Esperemos solo lo que tiene alguna posibilidad de alcanzarse. Reparemos algunas cosas. Un poco es mucho. Una cosa reparada puede cambiar otras mil."

"El deseo es imparable. El otro día escuché a uno de nosotros explicar porqué. Piensa en un pozo sin fondo, piensa en la nada. La nada absoluta. En ella ya hay una súplica, ¿me sigues?. La nada es una súplica de algo. Pero lo único que hay es la súplica sólo hay el grito de una súplica desnuda. Un anhelo. Y así llegamos al eterno enigma de cómo hacer algo de la nada (...) Ese algo que se hace no sirve de apoyo para nada más; es sólo un deseo".

"Escribe lo que descubras, dijo.
Nunca sabré lo que he descubierto.
No, nunca sabrás.
Hace falta valor para escribir, dije.
El valor vendrá."

jueves, 4 de enero de 2007

Fernando Pessoa

La mayoría de la gente se enferma de no saber decir lo que ve o lo que piensa. Dicen que no hay nada más difícil que definir con palabras una espiral: es preciso, dicen, hacer en el aire, con la mano, sin literatura, el gesto, ascendentemente enrollado en orden con que esa figura abstracta de los muelles o de ciertas escaleras se manifiesta a los ojos. Pero, siempre que nos acordemos de que decir es renovar, definiremos sin dificultad una espiral: es un círculo que sube sin conseguir cerrarse nunca.

La mayoría de la gente, lo sé bien, no osaría definir así porque supone que definir es decir lo que los demás quieren que se diga, que no lo que es preciso decir para definir. Lo diré mejor: una espiral es un círculo virtual que se desdobla subiendo sin realizarse nunca. Pero no, la definición es todavía abstracta. Buscaré lo concreto, y todo será visto: una espiral es una serpiente sin serpiente enroscada verticalmente en ninguna cosa.

Toda la literatura consiste en un esfuerzo por tornar real a la vida. Como todos saben, hasta cuando hacen sin saber, la vida es absolutamente irreal en su realidad directa: los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intransmisibles todas las impresiones, salvo si las convertimos en literarias. Los niños son muy literarios porque dicen como sienten y no como debe sentir quien siente según otra persona. Un niño, al que una vez oi, dijo queriendo decir que estaba al borde del llanto, no “tengo ganas de llorar”, que es lo que diría un adulto, es decir, un estúpido, sino esto: “Tengo ganas de lágrimas”. Y esta frase, absolutamente literaria, hasta el punto de que resultaría afectada en un poeta célebre, si él la pudiese decir, alude decididamente a la presencia caliente de las lágrimas rompiendo en los párpados, conscientes de la amargura líquida. “¡Tengo ganas de lágrimas¡” Aquel niño pequeño definió bien su espiral.

¡Decir¡ ¡Saber decir¡ ¡Saber existir por medio de la voz escrita y la imagen intelectual! Todo esto es cuanto la vida vale: lo demás es hombres y mujeres, amores supuestos y vanidades falsas, subterfugios de la digestión y del olvido, gentes que se agitan, como bichos cuando se levanta una piedra, bajo el gran pedrusco abstracto del cielo azul sin sentido.

Texto de Fernando Pessoa publicado en la contratapa de “Ultimo Reino”, Año VII, N° 14, Enero-Junio 1985, Buenos Aires.

miércoles, 3 de enero de 2007

George Steiner

“Diez (posibles) razones para la tristeza del Pensamiento”, de George Steiner (Fondo de Cultura Económica y Siruela).

Extractos


“Pensar es algo casi increíblemente despilfarrador”.

“La obra de arte, por soberana que sea (…) hace un transacción con el ideal, con la necesidad de ficción de lo absoluto”.

“Un virus de insatisfacción vive en la esperanza”.

“El eros humano es pariente cercano de una tristeza hasta la muerte”.

“Hasta el más inventivo, capaz y ordenado de los intelectos e imaginaciones humanas opera con instrucciones y limitaciones que no puede verdaderamente definir, mucho menos medir”.

“Tropezamos, en ocasiones, visceralmente con impalpables pero rígidos muros del lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora hacen arañazos en ese muro (…) El pensamiento más inspirado es impotente ante el mundo.”

“No contamos con ninguna manera segura de comprender los pensamientos ajenos. Una vez más, prestamos demasiada poca atención a esta enormidad. Debería suscitar terror (…) De aquí las inciertas relaciones entre el pensamiento y el amor. De aquí la posibilidad de que el amor entre seres pensantes sea una gracia en cierto modo milagrosa.”

“Tratamos de traducirnos unos a otros. Así, con frecuencia, nos equivocamos poco o mucho”.

“El amor más intenso, quizá más débil que el odio, es una negociación, nunca concluyente, entre soledades”.

“La capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara. No hay muchas personas que sepan pensar con una finalidad que sea original y mucho menos, que sea exigente.”

“El pensamiento humano parece aborrecer el vacío. Genera ficciones más o menos consoladoras de supervivencia (…) nos esforzamos por evitar el agujero negro de la nada”.

martes, 2 de enero de 2007

Roberto Raschella

Los consejos de Testuzza sobre el bien escribir

1. Hazte de coraje, y escribe.
2. Escribe siempre con el lápiz.
3. Si escribes, no hables de mí.
4. Tu lengua será siempre tu enemiga.
5. Los malos tiempos te enseñarán a escribir.
6. Cuando escribas, no debe ser ni de noche ni de día.
7. Cuando escribas, el tiempo no debe tener ni límite ni extensión.
8. Cuando escribas, no te comas el corazón.
9. Tampoco escribas concitado mucho tiempo, porque se te quebrará la voz.
10. Deja siempre un lugar par a intersecar.
11. Trata de expresar alguna esperanza, pero con pocas líneas.
12. Despoja, despoja, y te quedarán dos palabras, una en cada extremo.
13. Tu buen gusto se verá en las mezclas.
14. Siempre es otro el que escribe.
15. No te vuelvas hacia atrás al componer.
16. Nunca llores sobre tu propio libro.
17. Haz la página limpia, y si vienes del abismo, asómate a él.
18. Muerde un pinto, un solo punto de tu carne.
19. No inclines demasiado la cabeza para escribir.
20. Aun las uvas pueden ser pisadas limpiamente: interprétame.
21. Escribe, y quema.
22. Siempre estarás en crisis.
23. Si eres poeta verdadero, perderás el tiempo con la gente.
24. Estudia tradición, y al recordar inventa.
25. Debes hacer esto y no otra cosa.
26. Si puedes, llévate la palabra al lecho, pero no la ames.
27. Y de cada palabra y de cada mal, surgirás más sereno.
28. Alguien te comprenderá, pero el mundo no cambiará.
29. Cuando termines de escribir, lee: si no te reconoces al leer, lo escrito es bueno.
30. Expurga, expurga. No des a las prensas antes de expurgar.



Del libro "Si hubiéramos vivido aquí", de Roberto Raschella. Losada, 1998.

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